Libros que me hacen llorar

Confieso que soy súper llorona. Desde chiquita, sino me creen pregúntenle a mi mamá. O a cualquiera de mi familia… es algo con lo que vengo de fábrica. Y confieso que no me molesta ser llorona. Sobre todo cuando la mayoría de veces que lloro es por algo chévere. Y muchos se reirían de mí, porque lloro con muchas películas, sobre todo las de Disney o Winnie Pooh, así me la este viendo por octava vez. Lloro con todos los comerciales emocionantes, lloro con los videos de superación personal, y con los de maternidad sí que lloro (no importa si es la primera vez o si ya me lo he visto 20 veces)…Lloro en la entrega de notas, en el primer y último día de colegio, y todo lo que me emociona mucho me hace llorar.

Y con los libros no me quedo atrás. También debo decir que los libros me fascinan. Desde que aprendí a leer no hay un mejor regalo que un libro y lugar que me encante tanto como una librería.

Hace un tiempo me recomendaron unos libros y he ido comprando para mis hijos pues me encanta leerles y que ellos aprendan a amar la lectura. Y dentro de esos libros hay unos que siempre me hacen llorar.

Los dos primeros son unos clásicos de la literatura americana, “Adivina cuanto te quiero” (Guess how much i love you – Sam Mc Bratney) del que sale la famosa frase: “Te quiero hasta la luna y de vuelta” (I love you to the moon and back) que está plasmada en cuadros, en cuartos y en muchas partes sobre todo en Norte América. El libro es hermoso y SIEMPRE que lo leo no puedo evitar que se me corte la voz. Mis hijos ya lo saben y yo les digo: “Niños, voy a llorar” y ellos me abrazan o se ríen de mi (o uno me abraza y el otro se ríe).

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El otro que me hace llorar igual se llama “Siempre te querré”, adaptado del libro “Love you forever” en inglés de Robert Munsch. También es divino. Tiene una frase hermosa “Siempre te amaré, siempre te querré, mientras en mí haya vida, siempre serás mi bebe” que se repite todo el libro. Me encanta y lloro.

En la colección Buenas Noches también hay unos libros hermosos, y he llorado con varios, pero los que más me conmueven son los de mamás. Estos nos los regalaron hace poco y me parecen divinos. A mis hijos tambiés les gusta y se rien cuando les digo “voy a llorar”. Les explico que lloro porque las historias son hermosas, cargadas de amor. Se llaman “Mi mamá es mágica” (que dice toda la verdad) y “Choco encuentra una mamá”, que habla del amor de una mamá, que va más allá de que el hijo venga de ella o sea diferente.

Y me encanta, que por medio de los cuentos alguien haya tratado de expresar la dimensión del amor de un papá o de una mamá hacia un hijo, en palabras fáciles para que los niños entiendan, o por lo menos traten de dimensionar una pequeña parte de este gran amor.

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Ser una madre que se queda en casa es un lujo… ¿pero para quién?

Este artículo fue adaptado por la bloguera Candela Duato en uosocl.com y me encantó… y fue escrito por Chaunie Brusie en Babble.

Hace algunos días, leí un artículo en el Washington Post acerca de una madre que era ama de casa y que estaba teniendo problemas para responder a la siempre popular pregunta: “¿Y qué haces todo el día?” ahora que sus hijos van a la escuela.

Es un tema que ha dado vueltas por mi mente últimamente mientras veo desconcertada cómo mis hijos insisten en crecer a una rapidez que claramente no estaba en las claúsulas del contrato cuando decidí ser madre. Miro a la más pequeña – una niña de siete semanas – y juro que mi mente ya está puesta en el día en que (mañana, probablemente) me estaré despidiendo de ella con un beso en su frente en su primer día de jardín infantil.

Pero volviendo a lo que nos llama. Mientras leía el artículo, revisé la sección de comentarios, anticipando que habrían algunos tontos comentarios en que alguna madre que se queda en la casa y que, básicamente, proclamaría no sentir culpa por hacer absolutamente nada en todo el día, cuando me encontré con este comentario realmente notable:

“Trabajo a jornada completa, y mi marido se queda en casa. Tenemos dos hijos que van a la escuela todo el día (de 8 am a 3 pm). ¿No se dan cuenta de lo mucho que facilita mantener un trabajo a jornada completa cuando tienes a alguien en casa con los niños? Puedo trabajar hasta tarde, y viajar cuando lo necesito sin tener que preocuparme por ellos. Los fines de semana son relajados, no tenemos que estar corriendo para hacer trámites y tareas de la casa. Puedo volver a trabajar el lunes siguiente habiendo realmente descansado el fin de semana. Es un lujo para MÍ el tener un esposo que se quede en casa.”

Quedé atónita.

Perpleja porque en todos mis años siendo una escritora/madre que se queda en casa, siempre he estado peleando contra el sentimiento de que no estoy haciendo lo suficiente o siendo lo suficiente. Siempre sentí, honestamente, que le debía al mundo algún tipo de explicación por estar en casa. Que he tenido que vivir con el hecho de que como yo decidí quedarme en casa, mi familia tiene que hacer sacrificios – como no tener ¡televisión por cable! He sentido la necesidad de hornear pasteles para que le mundo sepa que no soy un miembro inútil de la sociedad.

Y en medio de toda ese desorden mental y culpa, nunca se me pasó por la cabeza que quedarme en casa no era un “lujo” solo para mí… Es también un lujo para mi esposo. Y de repente, cuando leí esas palabras, todo me hizo sentido. Evidentemente es un lujo para el cónyuge que trabaja fuera de casa el tener un compañero que se quede en casa con los niños. Alguien que siempre está ahí para encargarse de los inevitables días de enfermedades, hacer las citas con los doctores, asegurarse de que las despensas estén llenas e incluso asegurarse de que nadie robe el paquete que el cartero dejará en la entrada de la casa.

Y luego – ¡bendito sea! – tener a alguien que te ahorre la preocupación de tener que preparar a tus hijos para el mundo. Alguien que siempre esté ahí para besar la rodilla de tu hijo cuando se haga una herida o encargarse de que aprenda a ir al baño e incluso, alguien que te espere con un plato caliente de comida cuando llegues a casa.

Imagina eso.

Me di cuenta, en un brote de asombro, que he pasado la mitad de mi matrimonio sintiéndome un poco culpable por ser a la que “le toca” quedarse en cama. He intentado alejar la vergüenza de quedarme acurrucada en mi agradable cama en la mañana mientras mi esposo marchaba por la nieve para ir a trabajar, y he sentido la absurda necesidad de llenar mis días con un millón de actividades para enumerárselas a mi marido cuando llegara a casa en un intento de convencer (¿a quién realmente? Más que a nadie, a mi misma…) de que era “productiva.” Me di cuenta, por primera vez en la vida, que no tengo nada que demostrarle a nadie. Que me he estado  esforzado tanto para trabajar desde mi casa, siempre preocupada de tenerla limpia, y a la vez logrando hacer todas las actividades relacionadas a la educación de mis hijos porque era mí tarea.  Y debía hacerlo bien ya que mi esposo estaba trabajando. Por todas estas cosas nunca pensé que el estar en casa con nuestros hijos podría ser, de hecho, un regalo para mi esposo.

Hoy escribo las palabras de este artículo en una de esas raras mañanas “libres”, cortesía de mi esposo ya que se tomó un día libre de la oficina. Estoy sentada en un café, escribiendo durante las dos horas que tengo antes que deba amamantar a mi hija. Y, de hecho, acabo de llamar a mi marido, quien se ha ofrecido como voluntario para ser yo por el día – para que yo pudiera trabajar – para preguntarle lo que piensa sobre el tema y para saber si puedo incluirlo en esta entrega citándolo.

Al fondo escucho a mi hija llorando, a la de dos años subida en su pierna, y al de cuatro años cantando alegremente con todas sus fuerzas, habiendo recién llegado del parvulario. Vi la escena tal como la había dejado en la mañana – quedaban cuatro cargas de lavandería sin hacer desde el fin de semana, la casa estaba en un estado catastrófico, los huevos seguían cocinados sobre el sartén desde la hora del desayuno.Dulcemente, le pedí algo que citar – ¿alguna vez consideró que el que yo me quedara en casa era un regalo para él? “¡¿Qué?!” preguntó frenéticamente, con una desesperación haciéndose dueña de su voz. “No lo sé, ¿tengo que darte algo que citar en este momento? O sea, ella está llorando y yo estoy intentando cocinar los macarrones con queso y si pudiera tomarla en brazos quizás ella dejaría de llorar…” y se fue por otro sendero, al parecer, demasiado abrumado para terminar su pensamiento.

Sonreí – quizás de forma demasiado petulante. Porque creo que esa fue mi respuesta. Ser yo por un día no es tan fácil. Y que él estuviera ahí para que yo pudiese estar en otra parte trabajando… bueno, realmente fue un lujo. Y un regalo.

Original.

 

Tu decides…

Una de las cosas más retadoras de criar a dos chicos en edad preescolar es cuando ellos se empiezan a dar cuenta que son un ente independiente y como tal toman sus propias decisiones, eso empieza alrededor de los dos años… Y lo hacen para demostrar que ellos tienen el control, que ya no siempre hacen lo que quiere la mamá, así sea algo loco o ilógico, no importa la lógica, solo importa que la decisión vino de ellos. Empiezan con cosas como “no me quiero comer eso” o “esa ropa no me gusta” o no quiero tal cosa, no quiero tal otra, no, no y no!

Los papás empezamos a ofuscarnos y a perder la paciencia pues nos toca empezar a librar pequeñas batallas con los niños, de las cuales muchas veces salimos desgastados pues se vuelve una lucha de poderes en la que nadie sale ganando. Cuando mis hijos estaban en la guardería, aprendí una frase que me ha ayudado cantidades y me sirvió para voltear un poco las situaciones, dejando que los niños sientan que tienen el poder pero dentro de los límites que nosotros queramos como papás. Es la frase: Tu decides…

Cómo actuar cuando los niños quieren el poder?

1. Lo primero es entender que no es algo personal sino algo normal dentro de su proceso de desarrollo. Esto nos ayuda a que no nos de rabia o no nos ofusquemos. Ellos lo hacen porque están aprendiendo a ser autónomos e independientes, no porque quieran pelear con nosotros. Entonces a partir de esto, permanecer calmados (no es nada fácil).

2. Darles opciones para que ellos tomen la decisión y sientan que realmente se hizo lo que ellos quieren, pero las opciones no deben ser muchas (dos, máximo tres) y deben ser cosas que nosotros consideremos correctas. Por ejemplo: “Cual de estas dos camisetas te quieres poner?”. Cuando no hay dos opciones, en casos en que tengan que hacer algo que no sea negociable, por ejemplo: “No me quiero poner zapatos!!”, (el niño no puede salir descalzo a la calle) que esas dos opciones sean asumiendo que se pone los zapatos, en vez de decirle “ponte los zapatos”, decirle, “cual zapato te quieres poner primero, el derecho o el izquierdo?”…, así, ellos toman la decisión pero dentro de los límites que nosotros como papás decidimos.

3. Comunicarles las consecuencias de sus decisiones: En niños más grandes, cuando ellos toman una decisión con la cual no podemos pelear, por ejemplo: “no quiero comer” (nosotros no podemos embutirles la comida por la fuerza), simplemente se les puede decir: “Tu eliges si quieres comer o no, pero ya sabes que si no comes, vas a tener hambre ahora y no puedes comer nada hasta la siguiente comida”, o “Si sigues brincando ahí ya sabes que te puede aporrear y eso te va a doler”, “Si te portas mal en el parque, vamos a tener que irnos porque estás molestando a otros niños”  y aquí es donde viene el Tú decides…. “Tu decides si quieres tener hambre o comer”,  “Tu decides si quieres estar en el parque o subir”. Ahí el comportamiento y la consecuencia queda en manos de ellos y ellos saben que si siguen haciendo lo incorrecto, van a sufrir esa consecuencia.

4. Es importante tener en cuenta dos cosas:
Primero, la consecuencia (esto es lo que antes se llamaba castigo) debe ser lógica y relacionada con el mal comportamiento:

Ejemplos:
-No comer el almuerzo: No puede comer nada en la tarde hasta la comida, no puede comer dulce porque como no comió bien, le puede doler el estómago. Esto hay que explicarselos a ellos para que entiendan el porqué y la lógica.
-Pelear con otros o ser grosero: Se retira o se aisla porque le puede hacer daño a otros niños.

Esa consecuencia debe ser de acuerdo a la edad de los niños, en los más pequeños algo corto e inmediato, ellos todavía no tienen mucha noción del tiempo.

Segundo, hay que cumplir la palabra y ser firmes con lo que les dijimos, esto quiere decir que no vamos a “amenazarlos” con cosas demasiado grandes o que no podemos cumplir: “Si sigues comportandote así, te vas a quedar sólo en la casa!” (es imposible dejar a un niño pequeño solo en la casa). Y lo que decimos hay que cumplirlo, pues sino, perdemos credibilidad ante los niños y si que menos nos volverán a hacer caso más adelante.

En las últimas semanas he estado haciendo un curso de crianza en el colegio de mis hijos y he aprendido muchas cosas y he reforzado otras como esta. La verdad me ha funcionado mucho, y realmente la frase “tu decides” acompañado de las opciones correctas ha sido casi mágica con mis hijos.

El primer año de una mamá

El primer año de un niño, es también el primer año de una mamá. Y es así, porque cuando eres mamá vuelves a vivirlo todo. Ahora con toda la conciencia y con toda las emociones posibles. Quiero compartir un comercial que hizo Pampers en Japón con ayuda de los papás, para reconocer todo el esfuerzo que hace una mamá en el primer año de vida de un hijo. Es hermoso, lloré al verlo! (Hay que ponerle subtitulos para entender)

Vivir a la carrera…

Hoy me llegó un artículo como un regalito, lo escribió una maestra llamada Rachel Macy Stafford y se llama “El día en que dejé de decir date prisa”. Me hizo pensar mucho en la manera como vivimos actualmente, pues últimamente me he dado cuenta de que estoy cansada de vivir a la carrera. Así nos mantenemos la mayoría de los padres, siempre apretados de tiempo, de un sitio para otro, no dejamos a los niños ni respirar, es como si estuvieramos arriando ganado, arreglate, no cojas eso, es hora de salir, no te distraigas…. Definitivamente los niños son maestros, y hay que aprender de ellos a vivir tranquilos, hay que dejarlos tomarse su tiempo, mirar las hojitas, las nubes, ponerse el cinturón del carro sin afán. Quiero dejar de vivir a la carrera, dejar de acosar a mis hijos, que ellos puedan tomarse su tiempo. Espero que este artículo sirva a otros para reflexionar:

El día en que dejé de decir “date prisa”

Cuando estás viviendo una vida apretada, cada minuto cuenta. Sientes que deberías tachar algo de la lista de cosas pendientes, mirar una pantalla, o salir corriendo hacia el siguiente destino. Y no importa en cuántas partes dividas tu tiempo y atención, no importa cuántas tareas trates de hacer a la vez, nunca hay suficiente tiempo para ponerse al día.

Esa fue mi vida durante dos años frenéticos. Mis pensamientos y acciones estaban controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil y agendas repletas. Y aunque cada fibra de mi sargento interior quería llegar a tiempo a todas las actividades de mi programa, yo no.

Verás, hace seis años, fui bendecida con una niña relajada, sin preocupaciones, del tipo de quienes se paran a oler las rosas.

Cuando tenía que estar ya fuera de casa, ella estaba ahí, toda dulzura, tomándose su tiempo para elegir un bolso y una corona con purpurina.

Cuando tenía que estar en algún sitio desde hacía cinco minutos, ella insistía en intentar sentar y ponerle el cinturón de seguridad a su peluche.

Cuando necesitaba pasar rápidamente a comprar un bocadillo en Subway, se paraba a hablar con la señora mayor que se parecía a su abuela.

Cuando tenía 30 minutos para ir a correr, quería que parase la sillita para acariciar a cada perro con el que nos cruzábamos.

Cuando tenía la agenda completa desde las seis de la mañana, me pedía que le dejase cascar y batir los huevos con todo cuidado.

Mi niña despreocupada fue un regalo para mi personalidad de tipo A, orientada al trabajo, pero yo no lo vi. Oh no, cuando tienes una vida apretada, tienes visión de túnel – solo ves el siguiente punto en tu agenda. Y todo lo que no se pueda tachar de la lista es una pérdida de tiempo.Cada vez que mi hija me desviaba de mi horario, me decía a mí misma: “No tenemos tiempo para esto”. Así que las dos palabras que más usaba con mi pequeña amante de la vida eran: “Date prisa”.

Empezaba mis frases con esas dos palabras.

Date prisa, vamos a llegar tarde.

Y las terminaba igual.

Nos lo vamos a perder todo si no te das prisa.

Comenzaba el día así.

Date prisa y cómete el desayuno.

Date prisa y vístete.

Terminaba el día de la misma forma.

Date prisa y lávate los dientes.

Date prisa y métete en la cama.
Y aunque las palabras “date prisa” conseguían poco o nada para aumentar la velocidad de mi hija, las pronunciaba igualmente. Tal vez incluso más que las palabras “te quiero”.

La verdad duele, pero la verdad cura… y me acerca a la madre que quiero ser.

Entonces, un día trascendental, las cosas cambiaron. Habíamos recogido a mi hija mayor del cole y estábamos saliendo del coche. Como no iba lo suficientemente deprisa para su gusto, mi hija mayor le dijo a su hermana: “Eres muy lenta”. Y cuando se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro exasperado, me vi a mí misma – la visión fue desgarradora.

Yo era una matona que empujaba y presionaba y acosaba a una niña pequeña que sólo quería disfrutar de la vida.

Se me abrieron los ojos, vi con claridad el daño que mi existencia apresurada infligía a mis dos hijas.

Aunque me temblaba la voz, miré a los ojos de mi hija pequeña y le dije: “Siento mucho haberte metido prisa. Me encanta que te tomes tu tiempo, y me gustaría ser más como tú”.

Mis dos hijas me miraban igualmente sorprendidas por mi dolorosa admisión, pero la cara de mi hija menor tenía un brillo inconfundible de validación y aceptación.

“Prometo ser más paciente a partir de ahora”, dije mientras abrazaba a mi pequeña, que sonreía con la promesa de su madre.

Fue bastante fácil desterrar las palabras “date prisa” de mi vocabulario. Lo que no fue tan fácil era conseguir la paciencia necesaria para esperar a mi lenta hija. Para ayudarnos a las dos, empecé a darle un poco más de tiempo para prepararse si teníamos que ir a alguna parte. Y a veces, incluso así, todavía llegábamos tarde. En esos momentos me tranquilizaba pensar que solo llegaría tarde a los sitios unos pocos años, mientras ella fuese pequeña.

Cuando mi hija y yo íbamos a pasear o a la tienda, le dejaba marcar el ritmo. Y cuando se paraba para admirar algo, intentaba quitarme la agenda de la cabeza para simplemente observar lo que hacía. Vi expresiones en su cara que no había visto nunca antes. Estudié los hoyuelos de sus manos y la forma en que sus ojos se arrugan cuando sonríe. Vi cómo otras personas respondían cuando se paraba para hablar con ellos. Observé cómo descubría bichos interesantes y flores bonitas. Era una observadora, y aprendí rápidamente que los observadores del mundo son regalos raros y hermosos. Ahí fue cuando por fin me di cuenta de que era un regalo para mi alma frenética.

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Mi promesa de frenar es de hace casi tres años, y al mismo tiempo empezó mi viaje para dejar de lado la distracción diaria y atrapar lo que de verdad importa en la vida. Vivir en un ritmo más lento todavía requiere un esfuerzo extra. Mi hija pequeña es el vivo recuerdo de por qué tengo que seguir intentándolo. De hecho, el otro día, me lo volvió a recordar.

Habíamos salido a dar un paseo en bicicleta durante las vacaciones. Después de comprarle un helado, se sentó en una mesa de picnic para admirar con deleite la torre de hielo que tenía en la mano.

De repente, una mirada de preocupación cruzó su rostro. “¿Tengo que darme prisa, mamá?”

Casi lloro. Tal vez las cicatrices de una vida acelerada no desaparecen por completo, pensé con tristeza.

Mientras mi hija me miraba esperando a saber si podía tomarse su tiempo, supe que tenía una opción. Podía sentarme allí y sufrir pensando en la cantidad de veces que le había metido prisa a mi hija en la vida… o podía celebrar el hecho de que hoy intento hacer algo distinto.

Elegí vivir el hoy.

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“No tienes que darte prisa. Tómate tu tiempo”, le dije tranquilamente. Su rostro se iluminó al instante y se le relajaron los hombros.

Y así estuvimos hablando de las cosas de las que hablan las niñas de seis años que tocan el ukelele. Incluso hubo momentos en que nos sentamos en silencio simplemente sonriendo la una a la otra y admirando las vistas y sonidos que nos rodeaban.

Pensé que mi hija se iba a comer toda la maldita cosa – pero cuando llegó al último pedazo, me pasó la cuchara con lo que quedaba de helado. “He guardado el último bocado para ti, mamá”, me dijo con orgullo.

Mientras el manjar saciaba mi sed, me dí cuenta de que había hecho el negocio de mi vida.

Le di a mi hija un poco de tiempo … y, a cambio, ella me dio su último sorbo y me recordó que las cosas son más dulces y el amor llega con más facilidad cuando dejas de correr por la vida.

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Ya se trate de …

Tomarse un helado

Coger flores

Ponerse el cinturón de seguridad

Batir huevos

Buscar conchas en la playa

Ver mariquitas y otros bichos

Pasear por la calle

No diré: “No tenemos tiempo para esto”. Porque básicamente estaría diciendo: “No tenemos tiempo para vivir”.

Hacer una pausa para deleitarse con los placeres simples de la vida es la única manera de vivir de verdad.

(Confía en mí, he aprendido de la mejor experta del mundo.)

Pipo mi amigo imaginario…

Hoy quiero compartir un nuevo personaje muy hermoso que ha llegado al mundo creado por dos mamás, Lulú y Mari Escobar y es Pipo. Este pequeño niño es el protagonista de una serie llamada “Pipo mi amigo imaginario” que surgió al ganar una convocatoria del Ministerio de Cultura y es totalmente hecha en Colombia.

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Pipo es un amigo imaginario que llega a ayudar a los niños en situaciones particulares que estos deben enfrentar en su vida cotidiana, en su descubrimiento del mundo, en sus pequeños retos. Pipo es hermoso, tierno, amable y tranquilo. Le gusta imaginar, es creativo, es divertido. Es un personaje ideal para los niños pequeños, para conocer sus historias y aprender de ellas. Trae unas canciones muy lindas y pegajosas, a mis niños les encanta (ya se las saben todas de memoria). En las historias de Pipo y sus amigos veo reflejadas muchas de las situaciones que han sucedido con mis hijos, y me encanta verlas con ellos y mostrarles que los problemas tienen solución. Algunas veces la situación se resuelve con un resultado feliz y otras los niños deben aprender a manejar la frustración como es el caso de una niña que pierde su oso de peluche y no lo encuentra. Los capítulos son cortos para que los niños pequeños no pierdan la concentración y muy muy lindos. Con unas voces hermosas que provoca morirse de ternura.

A Pipo lo pueden ver en Youtube, son 10 capítulos de la primera temporada. Mi favorito es el de la niña que le da miedo la oscuridad, pues así es mi pequeño Pedro, pero a mis hijos les fascina el capítulo 1 con la canción de piratas.

Súper recomendado!!!

Alimentos altamente procesados…

En la página Habitos, de Valeria Lozano, una Health Coach mejicana, encontré esta tabla con los ingredientes dañinos para la salud. Interesante para tenerla en cuenta para la alimentación de los hijos y la de nosotros también…. Ella misma nos explica porque no son buenos para la salud… 1604908_423331901103605_1553898931_n

Si quieren más información de este tema pueden visitar su sitio web o seguirla en facebook…