Mami, acompáñame a dormir.

Muchas veces queremos imponer reglas o forzar a nuestros hijos a que hagan algo porque ya están “en edad” para hacerlo. A veces no nos damos cuenta que detrás de lo que ellos nos piden hay una necesidad oculta. En esta historia de “Mami, acompañame a dormir”, les cuento como descubrí que la mejor manera de que mi hijo sea seguro e independiente no es forzándolo. Que a veces ellos nos piden una cosa, pero en realidad están buscando otra. 

mami-acompaname-a-dormirMi hijo Pedro es un pegote de la mamá. Muchos que lo conocen saben que vive con el complejo de Edipo alborotado y hasta le dicen “Edipito” (a espaldas de el obviamente). El vive enamorado de mi y obviamente, yo de el. No pasa un día en que el no se me acerque en repetidas ocasiones, me de un beso, un abrazo, me diga “te amo mami”, así, espontáneo. Yo no puedo evitarlo, me derrito. Me derrito al verlo, me derrito con sus abrazos y muestras de amor, quien no. Una de las cosas que más duras me han parecido en la crianza de Pedro ha sido ayudarlo a aprender a desapegarse de mi. Yo entiendo ( y el también) que debe vivir tranquilo sus espacios, que no debe llorar cuando se separa de la mamá y el solito, con una madurez que me sorprende a sus 6 años y medio, lo entiende y lo proporciona: “mami, no me acompañes a la buseta”, “mami, no me lleves al colegio porque me quedo llorando”. El sabe que cuando se separa de mi pasa feliz, pero ese momento de transición aún le da duro.

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Dormir con los papás!

Pareciera que soy una buena mamá, bueno, creo que lo soy, leo mucho, trato de ser paciente con mis hijos, de educarme y de educarlos de la mejor manera, de ponerles reglas, límites, rutinas, cumplirlas, ser consistente. Pero como dicen por ahí, para toda regla, hay una excepción, y no he podido lograr que mis hijos duerman una noche completa en sus camas por más de una semana. Todas las noches, a la misma hora, casi religiosamente, acuesto a mis hijos en sus camas. Se duermen juiciosos a las 7 pm, como dos angelitos. Y casi siempre, después de las 10 pm, o sea, a las 10, 1030, 11, 12, 1 o no se que horas…. llegan a nuestra cama, primero uno y después el otro… Casi nunca fallan!

El problema más grande que evita que cambie esta situación, es que me encanta cuando llegan, me encanta abrazarlos, darles besos, olerlos (huelen delicioso), apretarlos…. me muero de la dicha. A veces me quedo despierta un ratico mirándolos y dandome cuenta de que tanta hermosura es real y que no se hasta cuando vaya a durar esto, hasta cuando van a llegar a media noche como dos perritos a buscar el calorcito de la mamá, me ponen el pie encima, dan vueltas por toda la cama, me quitan mi almohada, me descobijan, y a veces es tan horrible que pienso que mañana seré una generala y no voy a permitir que se vuelvan a pasar. Pero al otro día vuelve y pasa y se me olvida el malgenio del cabezaso de la noche anterior.

Hemos ensayado algunos métodos, premios, motivación, escala de logros, y la verdad, no han funcionado mucho, porque… “No telo helado, me entanta tu pamita” y ante esas palabras la mamá se derrite!

Yo me pasé para la cama de mis papás hasta antes de casarme, no todas las noches, pero a veces cuando estaba triste o tenía miedo, llegaba a media noche a ese maravilloso lugar, espero que mis hijos se sigan pasando (no todas las noches) para seguir abrazandolos y besandolos más aún cuando estén en edades, que en el día tal vez no sea tan fácil…

Mas o menos esto es lo que pasa cada noche….

Guille