Ser tía.

Poco me imaginé que el título de tía me iba a llegar tan pronto. Confieso que le pedí a Dios muchas veces que me diera un sobrino, creo que tal vez también ayudé con el pedido, pero la verdad lo veía lejos. Tuve el gran privilegio de recibir la noticia inmediatamente se supo y me llegó con una felicidad absoluta. Durante el embarazo de mi hermana sentí una alegría gigante y el día en que nació Jerónimo, el 3 de Enero de 2014, la emoción no me cabía en el cuerpo. Lloré de la emoción más que cuando fui mamá y pude disfrutar ese momento, con el sentimiento de tener un hijo nuevo, pero sin dolor, hormonas de por medio o alguna mínima preocupación. El pequeño Jerónimo invadió mi corazón, con un amor tan grande como el que tengo por mis hijos, tan grande que es imposible de medir, dimensionar, comparar o calcular. Cada vez que lo veo me deja hipnotizada, no quiero soltarlo, no quiero que nadie más lo cargue, y quiero quedarme con esa cosita en mis brazos sin que el tiempo se acabe. Me parece el bebe más hermoso sobre la faz de la tierra, en serio lo veo así. No veo la hora que me lo dejen a mi sola, quedarme con el en mi casa, cantarle, abrazarlo, darle muchos muchos besos y estriparlo pero pasito. El amor de tía es maravilloso, un amor delicioso y tranquilo. Sin responsabilidades ni preocupaciones, pero con la certeza de amarlo como a un hijo, de que sabes que siempre vas a estar ahí para el, que quieres que te sienta como a una mamá, y que siempre que yo exista nunca le faltará nada. Sobre todo amor.

Jeroyyo

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