No me miren que estoy voltiada

Esta es una historia personal. De una niña a la que no le gustaba que le hicieran escándalo y se inventó la manera de decirles a los adultos que la dejaran tranquila un rato. A todos nos pasa, a los niños y a los grandes. Son buenos momentos y oportunidades para bajar el ritmo, alejarse de la bulla y volver a recargar.


Cuando yo nací fue un súper acontecimiento en mi familia.
La hija mayor, la nieta y sobrina mayor en los dos lados, también bisnieta mayor y bueno, así en todos los rangos familiares con tíos, tíos abuelos, primos de mis papás, etc. Digamos que abrí la brecha a una nueva generación. Era como una princesa (sin el como).
Fui una niña muy contemplada, mis papás fueron consentidores, mis abuelos más, era un escándalo cuando yo llegaba a la casa de los abuelos, llegó la niña, la única, la princesa.
Nunca me ha gustado ser muy protagonista que digamos, prefiero más bien el bajo perfil, aunque no parezca ahora pues tengo un blog que hace que me vean mucho más, en realidad soy penosa y no me es fácil establecer relaciones con personas desconocidas (parezco antipática en la primera impresión, o en realidad hasta lo soy).
Para decirlo bonito, no era una niña muy querida que digamos… además de ser todo eso que les acabo de contar, fui una niña muy avispada, súper estimulada e inteligente, según mis papás hablaba desde los 9 meses, cantaba, contaba historias y decía unas cosas divinas. Por lo tanto era fácil que alguien de mi familia se derritiera al verme (asi fuera odiosa, era tierna).
Cuando yo llegaba a la casa de mis abuelos era una algarabía. Algo que seguramente me aterraba y yo posiblemente quería desaparecer en ese momento. Por eso, yo, a mi corta edad, me inventé una frase para expresarlo: “No me miren que estoy voltiada”. Así les decía en mis palabras: dejen el escándalo, ignórenme, no quiero ser protagonista, miren para otro lado. Supongo que todos se reían y no se yo de donde la saqué. Todo esto lo cuento, no porque me acuerde, sino porque todos cuentan esta historia con frecuencia. Mi frase trascendió y hoy todavía mis papás, abuelos y tíos la repiten cuando recordamos esa época.

Una frase que se volvió mía, y que les confieso que hoy en día todavía me provoca decirla. Hay días que siento que todos me miran, no con sus ojos sino con sus expectativas. Así como de niña esperaban que llegara a recitar “Rin Rin Renacuajo”, ahora esperan que yo sea la mujer perfecta, la mamá perfecta, la que hace cosas bonitas, la que el tiempo le rinde, la que postea, cocina rico, juega con sus hijos, va al colegio, coordina grupos de mamás, lleva a los niños a clase, tiene las uñas arregladas, el pelo bonito, la casa ordenada, trabaja, patina, hace yoga, hace croché y manualidades, lee, hace las tortas de la familia, da clase en la universidad, dicta talleres, sale con las amigas y siempre está positiva y feliz.
Y esta semana especialmente me dieron ganas de  tener un letrero que dijera “no me miren que estoy voltiada”,  asi como muchos otros días que no quiero hacer nada bien, me doy permiso de llegar tarde, de quedarme en la cama una hora en la tarde (cuando debería hacer otras cosas), de no hacerle comida a mis hijos, de no responder el celular. Pretender ser la súper woman es una de las cosas que más duro me dan, no porque quiera alcanzar un ideal creado por la sociedad, sino porque ese estándar lo he creado yo misma, porque al fin y al cabo nadie espera tanto de mí como yo lo hago. En realidad las espectativas me las creo yo misma, nadie más.

Así como de niña logré expresarlo de alguna manera, todas las mamás y todos los niños tenemos derecho a decir cuando no queremos algo, cuando nos sentimos incómodos y cuando no queremos cumplir las expectativas de los demás (o de uno mismo). Tal vez debo mirar a esa niña y entender que tuvo carácter para decirlo, por eso yo puedo tenerlo. Ahora yo debo decirme a mi misma que deje de buscar hacerlo todo perfecto, que no tiene porqué importarme lo que esperan los otros y que me voltee, mire para adentro y que me puedo quedar un ratico así y no pasa nada.

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